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A modo de síntesis




Con los más de tres años de silencio público en la carrera de The Strokes y los sendos proyectos solistas de Albert Hammond Jr. Y Nikolai Fraiture, era de esperar de un momento al otro el anuncio y la posterior materialización de un álbum solista a cargo del cantante y protagonista icónico de la banda neoyorquina, Julian Casablancas. Sin embargo, el resultado final, Phrazes For The Young, prescinde casi totalmente del vínculo que une al vocalista con su pasado/presente colectivo y se transforma en un testimonio individual en el que la idea de síntesis se transforma en fundamento y posibilidad de una nueva obra.

De hecho, ya desde el exterior, la cubierta del disco supone conceptualmente el comienzo de la misma idea que luego se desarrolla en cada una de las canciones. La imagen es lo suficientemente clara: un fonógrafo, una guitarra, un piano y lo que parece ser un violoncello sin caja de resonancia se muestran “digitalizados” y revestidos no sólo de luces, sino de una nueva significación. En el medio, Casablancas sentado, tomando posición delante de tres parlantes que parecen abarcar pasado, presente y futuro de la música popular a través de la disposición visual de los objetos en esa habitación. Síntesis visual de una intención que, con el correr de las canciones, se hará explícita también en el oído.

Concretamente, el plano específicamente musical funciona como un gesto de reacción a todo el sonido de The Strokes: más allá de cierta identidad en lo melódico, lo armónico y lo rítmico parecen haber sido pensados desde otra lógica. A partir de bases estandarizadas que remiten al vínculo de Casablancas con Pharrell Williams, las canciones retoman elementos de la música barroca, con arpegios y ejercicios de escala propios de los preludios y fugas de Bach. En el medio, la cantidad y calidad de los diversos sintetizadores son el principal rasgo de un disco que con apenas ocho canciones entrega una serie de aspectos a analizar en función de una estética del sincretismo que pretende abarcar una extensión temporal y genérica que, si bien puede resultar agobiante, se resuelve horizontalmente desde la mezcla.

De esta manera, todo parece estar presente de alguna u otra manera. “4 chords of the Apocalypse” es una referencia al costado más clásico de la canción norteamericana (Cash, Dylan, Sinatra, R.E.M., sin distinción genérica), aunque con sonoridades propias del heavy metal -el solo de guitarra octavado- y el gospel. “11th dimension”, single indiscutido del disco, basa su idea de mezcla a partir de teclados propios del techno-pop y una línea de guitarra emparentada con el indie del nuevo siglo. Dicho así, la variedad de recursos puede parecer forzada, sin embargo, al momento de la escucha todo encuentra su respectivo lugar y termina sonando, incluso, casi natural. Y es precisamente esta cualidad la que hace que las canciones de Phrazes For The Young no terminen siendo puros experimentos de forma.

Por eso, quizás, el principal problema que puede marcarse dentro de la estructura interna del álbum -más allá de un par de momentos que, si bien no restan, tampoco logran sumar mucho- es el hecho de que una de las canciones, “Glass”, es capaz de opacar casi todo lo bueno que se escucha en el resto de la lista. Sin dudas, se trata de una de las mejores canciones que haya escrito Casablancas: un medio tiempo centrado en la ida y venida de los teclados y en la vocalización monótona del cantante que al llegar al estribillo parece transformarse y entrega una decena de segundos realmente memorable. Además, la canción es fiel al concepto detrás del álbum gracias a su particular solo de guitarra, el cual rompe con el clima de la canción como si intencionalmente se tratara de llegar a un lugar incómodo para el oyente.

De hecho, y más allá de este caso particular, lo que se percibe es una intención lúdica detrás de la seriedad aparente del proceso creativo. Casablancas no se muestra en absoluto como un purista y recurre a todo aquello que uno difícilmente imaginaría en un disco de The Strokes. Eso se llega a percibir en decisiones concretas en más de una canción. Además del citado solo de “Glass”, el final de “Left & right in the dark” con un fade out que se interrumpe a modo de parodia o el banjo de “Ludlow St.” que retoma la idea de anti-solo desarrollada por bandas como Pavement. Por eso, vale la pena prestarle atención a la infinidad de detalles que hacen de este disco una suerte de caja de Pandora de intertextualidades y elementos que, al ocupar el espacio, dan forma a una experiencia recreativa, la cual se desprende de la identidad misma del sonido y de la atmósfera que éste genera.

Sin embargo, más allá de esta sensación, el disco puede verse también como un gesto de incertidumbre. En una nueva forma de síntesis, Casablancas bien puede estar representando su propia historia personal a través de una lista de canciones que, tanto lírica como musicalmente, lo muestran en una versión más vulnerable, alejada del escudo que supo construir alrededor de su figura de hombre detrás del micrófono en The Strokes. Precisamente, el destino incierto de su banda es el contexto de producción de un álbum que encuentra en su amplitud sonora su costado más interesante y -por qué no- su principal debilidad gracias al riesgo crónico que implica la búsqueda de síntesis sea cual fuere su intención. Quizás sea esa la razón por la cual, al menos por ahora, Casablancas vea en ese riesgo una auténtica necesidad.

Juan Manuel Pairone