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Facultad universal




Como parte de la llamada cultura de masas, una porción importante de la música popular que se escucha desde hace décadas en todo el mundo está (inconscientemente) atravesada por una hegemonía discursiva dominante. De hecho, pocos pueden dudar que, en efecto, gran parte de la música que se encuentra actualmente en circulación sea el producto de un devenir histórico específico. Un continuo simbólico que tiene sus raíces en la cultura joven delineada en los Estados Unidos desde la década del ’50 en adelante y que, aún hoy, impone -de una u otra manera- una determinada idea de lo que debe ser la música pop.


Al mismo tiempo, existen otras miradas posibles al respecto. Para el crítico de cine Adrian Martin: “La música es, entre todas las artes -y no importa cuán profundamente arraigada esté en la historia y la tradición de su país de origen-, la que tiene menos fronteras, la más nómada, la más migratoria. Ahí donde cae, echa raíces, convirtiéndose en una parte íntima de la experiencia y la historia propia. (…) La música simplemente transporta: a través del espacio, de las ondas; y luego hace que nos “transportemos” (según la expresión popular), llevándonos por caminos interiores, personales, y por caminos exteriores, colectivos… Y mientras esa música viaja, va mezclando las huellas de todos los lugares, de todas las historias con las que se ha ido cruzando y entretejiendo: ritmos e instrumentación, texturas y estructuras, recuerdos y alusiones, reinvenciones e hibridaciones”.

Pese a las diferencias, ambas concepciones son (o pueden ser) complementarias. Caso concreto: en el último año, una banda llamada Delorean ha logrado insertarse en la escena indie de los Estados Unidos con una incidencia cada vez mayor. Desde su nombre y su música, las referencias a la cultura global del último cuarto de siglo son ineludibles. Simbólicamente, el vínculo que une al grupo con un determinado prototipo discursivo -el de la música pop como concepto atemporal- es estrecho. No obstante, el proceso de construcción de su último disco no es una simple producción autómata e irreflexiva. Es, más bien, una apropiación consciente de ciertos recursos en los que conviven esas “huellas” múltiples a las que alude Martin y, al mismo tiempo, demuestra ser un gesto genuino de su tiempo.

La particularidad del caso reside en el hecho de que la banda es oriunda del País Vasco, lo qu la convierte en un ejemplo único en la historia de la música española. Sus últimos dos discos -El EP Ayrton Senna y su reciente LP Subiza, ambos editados por el sello Mushroom Pillow- causaron un impacto considerable más allá de sus propias fronteras y los convirtieron en un suceso transcontinental que los ha llevado a formar parte de los festivales más importantes de Estados Unidos. Sin embargo, la música que hace Delorean no parece representar una identidad unívoca (ni vasca, ni española, ni de ningún tipo) reducible a cierta tipología armónica, rítmica o melódica. Por el contrario, su música remite a una identidad compleja, construida reflexivamente desde el amplio abanico de la electrónica y más allá de lineamientos estancos.

Concretamente, Subiza es un disco maduro, pensado hasta el último detalle. Es el resultado de una búsqueda de más de una década a cargo de una banda que con el correr del tiempo no ha tenido el prejuicio de experimentar con y desde distintos géneros. La electrónica es sólo un punto de partida para abordar distintas temáticas sonoras sin distinción de fronteras. Lo que se escucha es, en definitiva, el resultado de un proceso que se da en un contexto determinado por la disponibilidad de lo múltiple. Un contexto, que, sin embargo, sigue promoviendo ciertas manifestaciones y las naturaliza ante la percepción del gran público. (Pensemos en el clásico formato de canción o en la vinculación explícita de una determinada música con su supuesto lugar de origen).

Por eso, lo más destacable en relación al suceso de la banda vasca es que se trata del producto de una elección. Frente a la posibilidad de reproducir acríticamente un formato -y una determinada idea de música-, Delorean eligió jugar con distintos elementos y reinterpretarlos en una lectura que, aún sin ser rupturista, logra mostrarse como genuina. Pese a un preconcepto casi inevitable, lo que se escucha es algo que se siente como propio, más allá de las distancias. Delorean trabaja con la electrónica por convicción y no simplemente por oportunidad, canta en inglés buscando una sonoridad particular y se despega de cualquier tendencia localista (lisa y llanamente, world music) sin caer en una mera reproducción de las formas globalmente aceptadas. En definitiva, se ampara en la universalidad de la música para rodear los límites del discurso dominante y construir -en la medida de lo posible- su propio canon.

Así, cualquier elemento que uno pueda escuchar dentro de las canciones, debe entenderse como una decisión que no es más que el resultado de una idea preconcebida y trabajada en el tiempo, con dedicación. Con un nivel de producción envidiable, no hay en el disco un instante en el que el azar se imponga sobre lo proyectado. Por eso, esta idea de elección consciente cobra una importancia fundamental. Delorean logra ir más allá de un determinismo muchas veces omnipresente y elige hacer una música basada en el interés común que lo constituye como grupo humano. Subiza es, en definitiva, una construcción pormenorizada y una posición firme. Un continuo sonoro dentro de un marco atestado de productos audibles.

Juan Manuel Pairone