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Juana Molina: “Se puede llegar lejos con la bolsa al hombro”



Algo más de un año atrás, Juana Molina volvió después de mucho tiempo a Córdoba y tocó en el anfiteatro de la Ciudad de las Artes. Sola, rodeada de sus pedales, máquinas y teclados; con una guitarra omnipresente y con un vestido que combinaba a la perfección con la calidez de su voz. Cantó y charló como si el tiempo no hubiera pasado pero el cúmulo de canciones que viajaba con ella a todas partes no decía lo mismo. La obra de Juana se había agigantado de tal manera en todos esos años que su presencia en la ciudad era comparable a la de un artista de esos que uno jamás esperaría ver a pocas cuadras de su casa, a una caminata de distancia.


Por suerte, ese recuerdo se acaba de convertir en una nueva expectativa: Juana Molina regresa a Córdoba el 17 de noviembre para tocar por segunda vez en poco más de un año. En este caso, el escenario físico será otro -la hermosa Sala de las Américas- y el contexto, también. Su sexto álbum -sucesor de Un Día (2008)- está siendo gestado, las nuevas canciones empiezan a asomar y, al mismo tiempo, Juana parece estar más cerca que antes. Por eso, en un pequeño parate de la grabación, el servicio postal aprovechó para mandar un no tan reducido cuestionario. Las respuestas -contestadas en tiempo récord y bajo la máxima de “lo bueno, si breve…”-, a continuación:

- Volvés a Córdoba poco tiempo después de haber venido por primera vez en diez años y, de alguna manera, has dejado de ser ese bicho raro que gira por el mundo pero no tiene el más mínimo reconocimiento en su país. ¿Creés que hay un nuevo contexto de recepción para tu música?
Lo de "el más mínimo reconocimiento en su pais" por suerte ya no es tan así. Hace varios años que la gente viene a verme tocar con gran entusiasmo. Es cierto que fue lento, pero a paso firme. Además, sí, es posible que el contexto haya cambiado y ahora haya más "cabida" para lo que hace años vengo haciendo.

- ¿Qué semejanzas y diferencias encontrás a la hora de tocar en distintas parte del mundo y en Argentina (y más específicamente fuera de Buenos Aires)?
Realmente no hay más diferencia que el hecho de que acá, como en otros países donde se habla castellano, entienden lo que digo. El resto, la música, lo más importante, es -perdón por el lugar común- un lenguaje universal y la gente se conecta con eso. Como nosotros cuando escuchábamos música en inglés y nos gustaba igual.

- Hace poco tocaste con Feist (con quien ya habías salido de gira), has compartido itinerario con David Byrne y constantemente se te relaciona con artistas tan disímiles como José González, Animal Collective o Björk. ¿Cómo vivís el hecho de ser considerada parte de ese tipo de escenas a gran escala? ¿Qué reflexión hacés del estado actual de la música pop en sus diferentes formas?
Como te decía antes, creo que es el contexto musical, más que el letrístico, lo que me acercó a ese mundo. Lo que uno vive ocurre de a poco y por ende, es un camino natural. Uno va yendo por un camino y lo que va pasando está acorde con la dirección que uno tomó. En cuando al estado actual de la música pop, ¡no me siento capacitada para hacer semejante reflexión!

- ¿Cómo fue la experiencia de Congotronics vs. Rockers? ¿Qué fue lo que más te sorprendió de todo ese proceso colectivo?
¡Uf!, fue muy intenso. Difícil resumir una experiencia de tres meses en unas líneas. Fue entrar en un mundo que uno creía de una manera, no darse cuenta de que no entendía, luego darse cuenta y ver que uno no tenía idea de dónde estaba. Empezar de cero y construir algo nuevo a partir de eso. El resultado fue asombroso, tanto musical como personalmente.

- Tu discografía se desarrolló en paralelo a la explosión de las nuevas tecnologías, con la digitalización de la música (y los cambios en su forma de circulación) como algo inherente a ese proceso. ¿Qué opinas de todo eso? ¿Pensás en la disponibilidad universal de tu música como un factor que ayudó a que te conozcan en tantos lugares?
Desde ya. Yo apoyo la piratería. Creo que intentar detener semejante monstruo es equivocarse. Lo que hay que hacer (y eso ya lo saben las discográficas) es reinventar las reglas. Creo que para el músico es beneficioso poder ser testeado en Internet. Si a la gente le gusta, tenés público garantizado cuando decidís hacer conciertos.

- Sos una persona que viaja permanentemente y, más allá de la música, tu historia personal está marcada por idas y venidas alrededor del mundo. ¿Cómo relacionás eso con tu forma de componer y de trabajar con los materiales que te caracterizan?
"Vaca que cambia de querencia, se atrasa en la parición". Para mí, viajar es fatal. El sólo hecho de tener que hacer algo fuera del estudio ya me arruina el día, ese día difícilmente pueda concentrarme en hacer música. Para componer, necesito total tranquilidad y quietud. Días y días de preparación; tocando un poco esto, otro poco aquello. De pronto, los instrumentos desaparecen y la conexión directa con la musa aparece. Aparece en forma de tubo negro con imágenes abstractas que me dictan qué hacer.

- Supiste describir tu estilo como “música minuta”, siempre con la misma receta pero con todo hecho en el momento. ¿Cómo llegaste a desarrollar esa forma de trabajo tan vinculada con la tecnología y con tu propia individualidad?
Me refería a los recitales, a los conciertos en vivo, dónde siempre, con los mismos elementos, las mismas ideas, sale un plato bastante parecido al del disco. Mi estilo no sabría definirlo. ¡La alidad de minuta puede adaptarse a cualquiera!

- El vínculo entre electrónica y música folklórica es, en tu caso, algo permanente y al mismo tiempo absolutamente personal. ¿Qué elementos o características te llaman la atención de cada una de esas tradiciones? ¿Cómo pensás ese diálogo?
Ciertamente no es algo premeditado. Son las conclusiones a las que me hacen llegar las preguntas que yo jamás me habría hecho. Al momento de explicar, uno tiene que analizar lo que hace. Algo que hace naturalmente o inconscientemente  de golpe tiene que tener una forma en la que uno jamás pensó.

- Estás en pleno proceso de producción de tu sexto disco ¿Qué te motivó a volver a grabar después de cuatro años?
Bueno, ojalá hubiera estado motivada antes. Esa fue la única razón por la que no grabé. Para empezar, los viajes me aniquilaron y, además, me distraje con otras cosas. No soy de esos músicos que no pueden hacer otra cosa. Ojalá fuera así. Pero me distraigo con arreglos de la casa, con coser o diseñar utensilios ya extintos en las ferreterías para no tener que cambiar todos los artefactos de la casa cuando se rompen.

- En alguna entrevista dejaste entrever un acercamiento reciente a la guitarra eléctrica y a la batería. ¿Qué tipo de búsquedas aborda el nuevo álbum?
Todavía está en proceso de cocción. Hay varias ollas con diferentes ingredientes. A veces me entusiasmo mucho con algo nuevo, pero después de unos días me doy cuenta de que no era algo duradero. Eso es lo bueno de poder grabar en mi casa. Todo tiene tiempo de nacer, desarrollarse y vivir o morir.

- Un Día fue ideado, grabado y terminado en menos de dos meses. ¿Cómo fueron los tiempos de este nuevo proceso de trabajo?
Empecé a grabar hace más o menos un mes y medio. No creo que esté terminado en 15 días, pero tampoco creo que me vaya a llevar más de uno o dos meses más.

- A lo largo de tus discos el elemento rítmico va ganando cada vez más importancia y en Un Día eso se traduce en un paisaje acústico todavía más complejo que el de tus discos anteriores. ¿Qué importancia tiene el cuerpo y sus sensaciones en tu música?
Para mí el ritmo está en la guitarra, ya de base. Pero con el tiempo, y por los comentarios de la gente, me di cuenta de que era muy sutil. Que no todos lo sentían. Eso me dio un poco de rabia, pero al mismo tiempo se tornó en un desafío hacer que los demás sintieran lo que para mí era obvio.

- Hace tiempo contaste una anécdota con Leda Valladares, quien en una charla compartida llegó a la conclusión de que, a diferencia de ella, vos “decís para cantar”. ¿Cómo describirías la relación que planteás entre las palabras y la música en los distintos momentos de tu obra?
Sigo diciendo para cantar. Cada vez me cuesta más el momento de escribir la letra, porque la canción sale de su estado puro para convertirse en algo más terrenal. De golpe aparece un mensaje explícito que, a pesar de resistirme, es necesario para cantar algunas melodías. Todo lo que puede ser cantado sin letra, queda sin letra.

- Tocás sola pero también lo has hecho acompañada por otros músicos sobre el escenario. ¿Cómo manejás la energía y la dinámica del show en uno y otro caso? ¿Con qué formato vas a venir a Córdoba?
Vamos en dúo. Me gusta tocar sola, pero me gusta más encontrar el compañero justo para tocar. Eso no se da a menudo. Mariano Domínguez, en bajo, es uno de los raros casos en que las cosas funcionan mejor con él. El universo es quizás más profundo y misterioso cuando estoy sola. La dinámica, ciertamente es mejor cuando somos más.

- Habiendo llegado a tantos lugares desde la autogestión, ¿cómo ves el desarrollo de la música independiente en Argentina? ¿Qué opinás de la cantidad y calidad de artistas que continúan surgiendo y editando discos por su cuenta?
No sé muy bien. No tengo idea de cuántos sacan discos por su cuenta y cuántos no. Creo que es necesario, en la mayoría de los casos, tener un sello que apoye. La prensa es importante, y la difusión, más. Pero también se puede llegar lejos con la bolsa al hombro


Juana Molina se presenta el sábado 17 de noviembre a las 21:30 en la Sala de las Américas del Pabellón Argentina de la Ciudad Universitaria, Córdoba. Las entradas se pueden conseguir acá.


Pasarla bien



“Este show tiene más invitados que lo de Mirtha”, me dijo Santi, uno de los Tomates Asesinos, en algún momento de la noche. Me hizo reír, sí, pero la referencia era bastante acertada. Lautremont estaba tocando una personalísima versión-de-la-versión de “Breathe”, de Pink Floyd, rediseñada por los Flaming Lips. La presencia de los dos guitarristas de un día perfecto para el pez banana completaba al binomio formado por Viejasound (Darío Bustos) y Guillermo Camusso, y el show estaba llegando a su momento de máxima intensidad. Algunos minutos antes, todo se había convertido en una seguidilla de cambios en la formación de la banda, como cuando un equipo intenta defender un resultado a regañadientes, pero con una colección de grandes canciones como excusa. Acababa de pasar “See the leaves”, también de los Flaming Lips. Antes, “Sucio y desprolijo”, de Pappo’s Blues, con el setentismo de Pablo Maccario en la batería y con un Nicolás Sicardi teletransportando su forma de entender la guitarra y la distorsión desde el espíritu hardcore de Árboles en Llamas. Y, como si fuera poco, “Transmission”, de Joy Division, había sido el momento de un Martín Rigatuso -baterista de Claravox- capaz de mimetizarse absolutamente con el recuerdo que todos teníamos de esa canción.

Pero, ¿por qué empezar hablando de músicos invitados y temas reversionados cuando lo que nos convocaba era la presentación de un disco? Bueno, eso habría que preguntárselo al propio Viejasound, el responsable detrás de la decisión de hacer prioritaria esa forma de compartir la música que le gusta. Fue el quién eligió eso para una fecha en la que, supuestamente, lo más importante era lo que él tenía para mostrar desde su propia intimidad. Luy (2012), segundo disco de Lautremont, acababa de aparecer y el show de Belle Epoque hacía las veces de estreno al palo, con el volumen al máximo y sin los “cuidados” de un centro cultural; sin embargo, Vieja se dio cuenta que lo fundamental para el no era tocar el disco de principio a fin ni explayarse hablando sobre los detalles que todos podríamos encontrar en el sobre interno del álbum. No. Era (y es) más importante pasarla bien y transmitir algo más que la reproducción de una obra que, en verdad, habla por sí sola, en su carácter de producto fonográfico diseñado y pensado para ser escuchado con atención.


Por eso, también, los Tomates Asesinos. Banda con casi diez años de trayectoria, con discos de electrónica instrumental, de canciones rockeras y de folklore psicodélico; inclasificables en exceso. Ellos fueron los elegidos para acompañar a Lautremont porque, básicamente, la rompen y son, para Viejasound, "una banda que siempre nos gustó y un referente -foco de resistencia- de la buena música que se hace en Córdoba desde hace mucho tiempo". Dispuestos como un monstruo de tres cabezas, arrancaron con un set a puro sintetizador y navegaron entre referencias (y no tanto) a New Order, a los Chemichal Brothers y al costado más histriónico de Kraftwerk. Aunque fueron sólo referencias, porque uno de los aspectos más interesantes de los Tomates sigue siendo su particular lectura de la electrónica y el pop hecho con pulso de máquina. Igualmente, supieron apelar a su costado más cancionero/guitarrero y llegaron al corazón: hicieron una versión cálida y chacarerosa de “Little Wonder”, del Bowie de los ’90, y repasaron algo -no mucho, lamentablemente- de lo más lindo de su último disco, Noches de Absaló (2011).

Pero, por sobre todo, compartieron ese mismo espíritu que atravesó todo el show de Lautremont. Con un arsenal de artefactos y cables que mareaban, los tipos parecían magos, ilusionistas del sonido que con un solo botón/tecla eran capaces de cambiar por completo lo el paisaje acústico. Aún así, lejos de pararse en una postura con aires de superioridad, los Tomates no pararon de disfrutar, de reírse, de hacer chistes y de tocar para divertirse, más allá de todo. Y en eso, también, hay una reivindicación tanto o más importante que la que aportan sus canciones. Hacer música (en cualquiera de sus formas) es algo fundamentalmente lúdico, aunque muchas veces el arte sea homologado a una ciencia o a una disciplina. Por ende, la forma en la que se la ejecuta y se la representa no es ni casual ni menor. Arriba del escenario, tocando, actuando, socializando, también se está diciendo algo sobre el lugar de la música en las vidas de los músicos. Quiérase o no.


Por eso mismo, este show de Lautremont fue uno de los mejores en la carrera de la banda. Comenzó como una presentación de disco, incluyó siete de las diez canciones del álbum y las primeras cinco se ajustaron al orden que se observa en Luy (con “Impulso eléctrico” y  “Cabeza” como destacados). La guitarra grave de Viejasound y la batería ajustadísima de Camusso sonaron contundentes, primales, acompañando a una voz muchas veces difícil de escuchar. Sin embargo, con el correr del tiempo, el dúo se fue saliendo de ese lugar cómodo que supone la monotonía construida de a dos. Después de un comienzo estrictamente referencial y ajustado a un plan, todo pareció más disfrutado y disfrutable. Las canciones y los invitados fueron pasando y la banda se animó a dejar de lado la estela de un disco que, en verdad, no necesita presentación. Luy es una obra consistente e importante en la carrera de Lautremont porque muestra un conjunto de canciones que difícilmente hubieran entrado en su debut homónimo, reivindica el castellano como idioma para cantar y, al mismo tiempo, confirma su lugar como una de las apuestas más extrañas y originales de la música independiente del interior de país. Pero más importante es el hecho de que la banda no dependa de ese material para poder tener algo para decir sobre el escenario. Al igual que los Tomates Asesinos, lo mejor del show de Lautremont fue el hecho de verlos tocar y sentir el show como algo especial, algo que valía la pena compartir y mostrar a pesar de las imperfecciones y los contratiempos del caso. Poco hicieron la lluvia y sus consecuencias -poca gente al principio, convocatoria aceptable hacia el final- para boicotear esa sensación de bienestar. Porque, después de todo, lo que nos convocaba era la presentación de un disco. Y eso nunca va a dejar de ser una ocasión para festejar y celebrar con la gente que se siente cerca.

Más que un recital



No me considero un espectador pasivo. Veo bandas todo el tiempo y suelo compenetrarme con facilidad. Canto, grito, aplaudo y a veces me dan ganas de saltar. Pero definitivamente hacía mucho que no sentía un recital en el cuerpo, de esa manera. Con el cansancio y los dolores del día posterior. Con la voz ronca y los ojos intermitentes. Con el recuerdo y la sensación de haber compartido (con amigos) un momento así de intenso. Porque no es lo mismo ir a un show -ver al artista, disfrutar de las canciones- que vivirlo con cada músculo y con la respiración cortada. Y lo que experimenté con Café Tacvba en su regreso a Córdoba estuvo lejos de ser eso que imagino cuando pienso en “ir a un recital”. Fue, en verdad, un momento único para todos aquellos que esperábamos el reencuentro con una de las mejores y más exquisitas bandas que ha dado la música latinoamericana. Y también, la confirmación de una carrera notable y con una perspectiva de futuro intacta, capaz de emocionar y reverberar en el cuerpo con cada pedazo de historia (individual y colectiva) hecha canción.

Ahora bien, ¿cuál es el rol de la crónica en todo esto? ¿Qué lugar tiene el “periodismo” en la cabeza del periodista cuando un recital se vive como una experiencia capaz de cambiarte la vida? En lo particular, me motiva y me contagia de ganas, me impone un desafío. Pero, además, me lleva a pensar que son éstas las vivencias que hacen que uno reflexione sobre lo que hace y sobre cómo lo quiere hacer. Y el periodismo es, para mí, sinónimo de curiosidad por contar historias a través de distintos formatos y en distintas situaciones. Por eso, pensar en el recital, recordarlo, conversarlo con quienes estuvieron ahí y quienes no, me devuelve un conjunto de imágenes y sentimientos que quiero comunicar, “contarle al mundo”. Pero, al mismo tiempo, tratar de encontrar las palabras para describir todo ese gran momento implica objetivarlo más allá del recuerdo, compartirlo reinterpretado y, en definitiva, transformarlo en algo más que un texto inerte que sólo buscar referenciar un acontecimiento sin intentar ir más allá de lo literal.

Porque, en este caso, los Café Tacvba fueron mucho más que un grupo sobresaliente arriba de un escenario, con una lista de temas soñada y con un sonido difícil de igualar. En verdad, personificaron una forma absolutamente particular de entender las posibilidades y los no-límites del arte de hacer canciones conmovedoras. Demostraron que son creadores e intérpretes de una música que parece de otro planeta, que tiene mil y un matices distintos por descubrir y que está basada en la simple idea del vínculo humano y de la armonía con la naturaleza. Pero, como si fuera poco, lo hicieron con la humildad y la energía que los caracteriza en cada momento de su obra. Por eso, no importó la moderada concurrencia, la austeridad absoluta de la escenografía o cierta apatía de una parte del público no del todo familiarizada con el grupo. Lo concreto es que no hicieron falta más que canciones y unas cuantas palabras de un leonino Rubén Albarrán para dejar en claro que lo que allí se vivió fue algo especial para unos cuantos. Un sentimiento que supo resumirse en ese abrazo que se dieron los cuatro músicos entre sí -y que nos hicieron emular- en medio de un show que, por momentos, pareció confundirse con un espectáculo de magia.


Pero magia de la buena: “El baile y el salón”; “Cómo te extraño mi amor”; “Las flores”; “La ingrata”; “Cero y uno”; “El ciclón”; “Eo”; “La locomotora”; “Volver a comenzar”; “No controles”; “Déjate caer”; “Chilanga banda”; “El fin de la infancia”; “La chica banda”. Así fue y así se vivió. Una atrás de otra, casi sin respiro. Una ráfaga de canciones desde el inicio hasta el primer bis. Un comienzo tranquilo, con la banda apoyada en las secuencias, como en gran parte de su carrera y como lo que se promete para El Objeto Antes Llamado Disco, el álbum que acaban de terminar. Después, sí, el éxtasis ampliado en la potencia de la batería y con el grupo sonando al máximo de sus posibilidades. Con un manejo de las dinámicas de volumen que es una de las características fundamentales de la música de Café Tacvba pero que en vivo se percibe y se aprecia aún más claramente. Con un guitarrista, un tecladista, un bajista y un cantante que son lo más cercano a un seleccionado mexicano de rock y que, además, se divierten como nunca y no paran de disfrutar mientras tocan, mientras acompañan -con un salto, un giro, una mueca- cada corte o mientras bailan la coreografía que todos quisiéramos bailar.

Gracias a eso, los gritos y los saltos se multiplicaron en forma sostenida y terminaron alcanzando un volumen (en sonido y en espacio) inesperado al inicio de la noche, cuando la Plaza de la Música parecía cada vez más difícil de llenar. Sin embargo, no puedo obviar ese pequeño oasis adelante de todo, donde un grupo de no más de veinte personas -yo entre ellas- vibraron y taconearon como pocas veces puede hacerse en un show de estas características. Cantando cada verso, abrazándose en las partes más memorables y haciendo una calesita humana. Jugando. Pidiendo un tema lento para descansar. Especulando sobre las canciones que seguirían después del intermedio y comparando a la música de la banda con las fugas de Bach. Disfrutando de la novedosa “De este lado del camino” y emocionándose en la increíble seguidilla de “El espacio”/”Eres”/”Mediodía”. Reprochando a tono con la letra de “Esa noche”, festejando “El metro”, viendo de cerca el final vertiginoso de “El puñal y el corazón” y acompañando, con respeto, el pequeño homenaje a Gustavo Cerati. Como verdaderos fanáticos.

Y es que, en definitiva, ese es el recital que me tocó protagonizar. Más allá de la capacidad de un grupo de músicos que en todo momento privilegiaron el resultado global y el producto construido entre todos; más allá de la presentación de un disco que no fue y se terminó convirtiendo en un repaso revitalizante y motivador; más allá de la iluminación unicolor que potenciaba cada momento. Mis recuerdos están ligados a una sensación compleja que combina mi admiración por el grupo, su capacidad instrumental y escénica, el efecto concreto de las canciones que tocaron y el hecho de que todo eso sea algo compartido y no una simple percepción individual. Por eso, el show de Café Tacvba fue mucho más que un simple recital. La banda tocó perfectamente e hizo gala de su capacidad permanente de innovación y de un arsenal de canciones que cada vez se hace más grande. Pero lo fundamental es que todo eso (me) quedó grabado en el cuerpo y (me) muestra, una vez más, que la música es un estímulo imposible de racionalizar completamente. Hace falta vivirla y sentirla. Solo así puede contársela de la manera más genuina posible.