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Yo/Arctic Monkeys




En primera persona. Así es como siento que debo empezar a escribir sobre Humbug. Definitivamente, uno de los eventos discográficos de mayor preponderancia de este 2009 pero también un disco esperado por muchos como yo, que vimos y oímos en los Arctic Monkeys algo más que una gran banda. Más bien, una posibilidad y, por qué no, una respuesta a toda acusación de abulia musical muchas veces calificada como propia del siglo XXI. Por eso, Humbug significa mucho más que cualquier otro disco que pudiera editarse hoy, ahora. Por eso, también, las palabras parecen insuficientes e incluso abstractas en relación a un disco que está lejos de ser el producto de una fórmula eficazmente segura.

Después de pensar, después de reflexionar, de ir y venir a través de las canciones, de aprender a escucharlas en sus propios términos… sigue siendo difícil elaborar una descripción que resulte satisfactoria. Puede gustar o no, puede parecer confuso en un principio, puede generar nostalgia. Sin embargo, Humbug es, antes que nada, un disco capaz de definirse en sus propios términos y no a través de equivalencias. No hace falta recurrir al “más” o “menos” porque la comparación es meramente anecdótica. En una dimensión propiamente particular, Humbug suena como el equivalente a un manifiesto programático a cargo de los Arctic Monkeys. Es un “esto somos, esto queremos hacer”. Más allá de lo que ya fue o ya pasó. Hoy.

Escucho otra vez, entiendo un poco más (y así sucesivamente…). Una cosa es cierta, en estas diez nuevas canciones ya casi no hay rastros o huellas del debut de la banda a sólo tres años de su lanzamiento. Desde el primer segundo de “My Propeller”, los Arctic Monkeys empiezan a engrosar su nombre con un sonido cada vez más propio. Madurez es, probablemente, el adjetivo más preciso para describir la sensación que genera esta primera canción. Pero hay más. “Crying Lightning”, “Dangerous Animals”, “Secret Door”. Cada una a su manera, pero cada una con un aporte al ideal común. Pasan los nombres y la idea se refuerza: Humbug se trata de canciones, pero no de canciones cualquiera. Hay una búsqueda minuciosa en cada sonido, en cada corte de batería, en cada nota que se desprende de las guitarras. Y es que, definitivamente, éste no intenta ser un disco más, como cualquier otro.

De hecho, la segunda parte del álbum es coherente respecto esta idea y termina de imponer el concepto de sonido como un todo abarcativo desde lo espacial. Sin embargo, la intensidad -no en cuanto a volumen, sino en cuanto a contundencia- no es la misma. Pese a eso, “Cornerstone” y “Dance Little Liar” se suman a la lista de grandes canciones que aporta este disco; una desde un costado más bien melódico (en sintonía con los lados b de “Fluorescent Adolescent”), la otra como muestra de un tipo de ejercicio compositivo que parece ser el nuevo rasgo de la banda. Casi al final, “Pretty Visitors” es, quizás, la huella más clara de algún pasado cercano. No obstante, su introducción de teclados y su espesura rítmica representan de manera sintética una idea de diferenciación respecto a aquel sonido de guitarras que se asoció primitivamente a la banda. En ese sentido, Humbug es la materialización estética de la reafirmación de un yo grupal. En tiempo presente.

Como consecuencia, este nuevo álbum (me) deja en claro que los Arctic Monkeys parecen tener un destino casi seguro como clásico contemporáneo. Y no se trata de ningún eufemismo comercial, su tercer disco es el testimonio de lo que supone el tiempo y el crecimiento como grupo en la necesidad de hacer música y no ser, simplemente, una instancia reproductiva más. Humbug es, sin dudas, un intento por romper con ese habitus de escucha que supone esta última generación del rock inglés -¿cuántas veces oímos el mismo disco por bandas distintas?-, marco en el cual los Arctic Monkeys demuestran ser una consecuencia y, a su vez, una instancia superadora de su contexto cultural primario.

Pero además, Humbug representa un nuevo estadio en lo que respecta al manejo del espacio sonoro. Si el primer disco de la banda suponía un sonido seco y automarginado a un único plano medio, Favourite Worst Nightmare (2007) había significado un intento de abordaje de mayor envergadura, con otra concepción en la espacialidad de los instrumentos, sobre todo en la ubicación de las guitarras, a veces más al frente, a veces más al fondo. En el caso de Humbug, ese postulado es llevado aún más al extremo, con guitarras y teclados prácticamente escondidos entre la niebla, con bajos que salen de la nada para convertirse en guías melódicos de una determinada parte y, sobre todo, con timbres -distorsiones- que evidencian la producción oscura de Josh Homme y sugieren el nombre de Jack White en la ecuación de referencias.

Por lo tanto, momentos ricos en cuanto a colores sonoros hay de sobra. Las guitarras hacia el fondo de “Dangerous Animals”, la línea de bajo de “Dance Little Liar”, el solo corrosivo de “Fire And Thud”, los impensados cortes de batería que sorprenden en casi todas las canciones. Sin dudas, los Arctic Monkeys dan cuenta de lo que significan tres años (de vida y de experiencia) más en su historia personal. A su ya clásico uso de las diferentes tensiones que aporta la gama de escalas menores, se le suma un marcado nivel de detalle y una búsqueda explícita de densidad. Eso se nota principalmente en el manejo de sus instrumentos, no sólo en cuanto a la técnica desplegada sino también al sonido encontrado por cada uno de ellos. Miembros de una misma banda que ya no es la misma banda.

Profundizo en la persona gramatical para tratar de ser más claro. Humbug fue un disco difícil de digerir e, incluso, puedo decir que no me produjo lo que esperaba. Cada canción significó un nuevo desafío auditivo al que, por momentos, no pude corresponder como oyente. Sin embargo, esa incomodidad buscada es, probablemente, el valor central que rescato de esta experiencia. Y si bien Humbug puede resultar extraño e incluso ajeno al menos en un comienzo -con seguridad es uno de esos discos que se aprenden a escuchar-, su valor como obra en sí y no como mera respuesta conductiva/reproductiva termina por imponerse. Humbug no es el mejor disco de los Arctic Monkeys pero, seguramente, es el que más se acerca a una definición de la banda en primera persona. Y eso es precisamente lo que yo quiero destacar.

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