Todo en uno



Una banda cualquiera sobre un escenario, con instrumentos y amplificadores, y un público del otro lado, cantando las canciones, seguramente no dejaría dudas sobre, al menos, dos cosas puntuales: a) que se trata de un recital de un grupo de rock/pop/o-la-variante estilística-que-se-prefiera, y b) que lo que allí se comparte no es otra cosa más que música. No obstante, para ser justos con los hechos, ver a of Montreal en vivo puede ser parecido a muchas otras cosas más y, al mismo tiempo, puede remitir a un sinfín de escenas posibles. Porque, con la pandilla de Kevin Barnes sobre las tablas, las reglas cambian; y si bien las apariencias se mantienen, lo que pasa en poco más de una hora y media es mucho más que todo aquello que podamos entender por “recital”, “show” o cualquier palabra afín que se atreva a intentar definir esta experiencia.

La mayor parte de la gente que hace cola entre Humboldt y Niceto Vega sabe que está por ver algo que no pasa todos los días. A lo largo de sus más de quince años de carrera, of Montreal ha demostrado ser una banda única, que poco tiene que ver con el estado actual de la música pop industrial. De todas formas, al promediar el preciso show de Les Mentettes o en la espera inmediatamente anterior, nadie se imagina lo que está por venir. Algunos hablan sobre la confirmación de la visita de Tame Impala, otros piensan dónde van a pegar la calco de Morbo y Mambo que les acaban de regalar. Unos cuantos intentan evadir la cacería del guardia y su puntero láser señalando a cualquier foco de humo. Y también están los que luchan por conseguir una lata de cerveza extra, “gentileza” y diversión de la gente del VIP. Pero son pocos los que, en esos momentos preliminares, imaginan un despliegue escénico, sonoro y visual como el que está por empezar.

De repente, la música funcional se silencia, el telón se abre y la banda aparece entre una escalada de gritos. Al igual que en el resto de sus fechas sudamericanas (un par en Brasil, otra en Chile), los dos acordes que anteceden la explosión de “Suffer For Fashion” activan inmediatamente a todos los presentes. El show arranca con una descarga de adrenalina que se evidencia en los “forever” y en los “not like that” del estribillo. Delante de todo, la voz de Barnes se confunde con los coros improvisados de cientos de personas que esperaron varios años para ver a of Montreal en vivo y lo demuestran en esas frases puntuales, imposibles de olvidar. Sin embargo, es apenas el comienzo. De ahí en más, la dinámica del show no parará de crecer: energía sin pausas, saltos arriba y abajo del escenario, sorpresas constantes, inimaginables. Como si se tratara de una obra de teatro experimental, de un circo itinerante o, simplemente, de un grupo de amigos en medio de un viaje lisérgico.

De hecho, llega un punto en el que ya no llama la atención la presencia reiterada de dos actores que, detrás de Barnes, interpretan las canciones disfrazados de un sinnúmero de personajes. Bailan, se persiguen, levantan por el aire al cantante, dan vida a los arreglos, se encargan de animar el intervalo de los bises y -por supuesto- se deslizan entre las manos del público. En definitiva, son tan parte de la banda como los propios músicos. Pero además, son los encargados de interactuar con el otro estímulo de mayor impacto: las visuales. Con paraguas, telas y alas (gigantes), estos auténticos comodines interfieren en lo proyectado y crean nuevas texturas que no hacen más que enriquecer ese laberinto de líneas, colores y formas que crean las imágenes en movimiento. Incluso, llegan a improvisar una pantalla detrás de Barnes que se llena con fragmentos de una película. Aunque, en verdad, a esa altura todo parezca parte de una película absolutamente delirante.

Quizás por eso, en medio de ese festival de sensaciones, la música prácticamente no deja de sonar y se establece como el elemento que conjuga todos los universos que se representan sobre el escenario. Gracias a esto, la lista se percibe como una corriente más o menos homogénea de música funk y disco con matices de pop electrónico, glam rock y psicodelia en su estado más puro. Además, el énfasis en Hissing Fauna, Are You The Destroyer? (2007) y Skeletal Lamping (2009) -más tres canciones de The Sunlandic Twins (2005) y una de False Priest (2010)- por sobre el resto de su obra reciente ayuda a dar forma a una sensación de unicidad que se contrapone a las distintas caras que muestra el grupo a través de su discografía. De hecho, en ese continuo de baile y éxtasis, canciones más pausadas como “Cato As A Pun” y “St. Exquisite’s Confessions” funcionan como momentos de mayor contemplación pero no dejan de estar cargadas de una capacidad onírica que se sustenta no sólo en los recursos escenográficos que inundan el escenario, sino también en la propia performática de los músicos.



Así, la versión en vivo de la banda se distancia bastante de los discos grabados casi exclusivamente por Barnes. A partir de una presencia más acotada de los teclados y del protagonismo del trío (baterista/bajista/percusionista-multiinstrumentista) que desde el fondo del escenario mantiene el pulso de la noche, las canciones ganan en firmeza sin perder el hilo conceptual que las caracteriza. De esta manera, la sección rítmica -a veces con dos bajos- funciona como el sostén sobre el que Barnes despliega su histrionismo y su delicadeza como cantante. Pero las guitarras -en general bajas- y los sintetizadores -a veces muy al frente- no dejan de ser el color distintivo de la banda, y si bien en vivo pueden llegar a perder presencia, aportan gran parte de la frescura melódica que no deja de multiplicarse en cada una de las canciones de of Montreal y en cada una de las gargantas presentes.

Por eso, no hay momentos singularmente memorables. Todo forma parte de una misma idea, de principio a fin. “Bunny Ain’t No Kind Of Rider”, con su ambivalencia y uno de los estribillos más efusivos de la noche. “The Past Is A Grotesque Animal” y una versión (kraut)rockera digna de ser grabada. El final con la seguidilla infalible de “Gronlandic Edit” + “A Sentence Of Shorts In Kongsvinger” + “Heimdalsgate Like A Promethean Curse”. Y así sucesivamente. Porque, más allá de las canciones -hermosas, explosivas, alucinantes-, lo que logra of Montreal sobre el escenario es presentar un espectáculo en sentido amplio. Algo que puede vivirse como el mejor recital que una banda pueda ofrecer pero que, al mismo tiempo, insiste en desafiar a los sentidos y la imaginación para convertirse en una experiencia en la que el cuerpo y la mente son, en definitiva, parte de una misma realidad.

6 comentarios:

Julio dijo...

Amén, Pai! Gran recital.

alguien mató algo. dijo...

Me encanta tu blog, súper disfruto leyendo tu punto de vista.

Besos
Marie

mario dijo...

muy buenas palabras, me identifico con el redactor, saludos!

pd. quiero disfrazarme de chancho

pai dijo...

Julio, sí! gran pero gran recital, genial haberlo compartido al menos en los comentarios posteriores, gran abrazo.


Marie, es muy lindo lo que me decís, te espero por acá siempre que tengas ganas, gracias!


Mario, genial que te sientas identificado, gracias por tu comentario y avisame cuando te pinte el disfraz porque somos dos eh, abrazo!

alguien mató algo. dijo...

siempre leo, es que soy amiga de Santi, por eso conocí el Blog (:

Besos!

pai dijo...

Santi es un genio y yo ya sé quien sos, el facebook despersonaliza pero no tanto, gracias por leer siempre, beso!