Viajar, escapar, trascender

20:58. Música de fondo.
Pasaron más de veinte minutos desde que Los Álamos subieron al escenario de Casa Babylon. El sonido recorre el espacio y se entremezcla con el humo (también omnipresente). La atmósfera transporta los cuerpos a otras latitudes. Los interrogantes resueltos parecen ajenos al espacio y al tiempo vividos. El instante mágico se reproduce en cada compás mediante un tinte foráneo, difícil de captar con tanta naturalidad. La asimilación es tal que la energía de los cuerpos transmite una identidad finamente construida. Acá, de este lado del mundo.
En efecto, Los Álamos son de esas bandas que no abundan en ninguna parte. Su capacidad reside en el hecho de poder conjugar sonoridades y espacialidades varias, como retazos de un mapa complejo tanto en lo musical como en lo geográfico. Las fronteras prácticamente no existen, y si están ahí -como de costumbre-, no se perciben, quedan de lado, escapan ante la posibilidad de ser incapaces de definir algo que se define por sí solo. La música es el verdadero motor de ese discurso con hambre de mundo.
Un discurso que se amplía y afianza con el paso de los años. 2008 trae consigo un nuevo capítulo bautizado como El Fino Arte De La Venganza. Y es, por definición, otro disco de Los Álamos. El estándar se completa. Se trata de una nueva colección de canciones que exploran la estética western -bluegrass, country, folk-rock- a través de una serie de clichés finamente orquestados mediante la presencia ya indispensable de arreglos de acordeón, armónica, mandolina y slide. Un paisaje heterogéneo dominado por la variedad rítmica y algunos lugares comunes. Una buena oportunidad para tratar de perderse en la amplitud de un paisaje completamente ajeno. Más aún después de sentirlo en el pecho, en la cabeza, en los pies. Ese es el secreto. La música de Los Álamos es incapaz de prescindir de imágenes. Su sonido aporta gran parte de un imaginario distinto, pero éste es ínfimo si la experiencia no se acompaña con una buena dosis de estímulos visuales. Performance envolvente o banda de sonido certera, ambas opciones parecen valederas. Lo cierto es que, en este caso, la música también entra por los ojos y la escucha es difícilmente pasiva, necesariamente involucrada. Un todo en sentido unívoco, atrapante. Una unidad artística capaz de generar una atención extrema por el detalle y la sorpresa, a través de una interpretación precisa en sentido doble. Por un lado, respecto a la fidelidad de las canciones y sus registros originales, demostrando pericia y capacidad instrumental. Por el otro, en cuanto al aspecto puramente escénico, con una intensidad eléctrica en cada uno de los músicos y sus respectivas actuaciones que da cuenta de la energía que recubre ese espacio despojado escenográficamente pero cargado de un voltaje interpretativo superior. Una hora destinada a cruzar cualquier tipo de fronteras. Un escape sensorial con destino incierto, amparado en la cualidad sugerente de una banda que prescinde del espacio físico y protagoniza estelarmente una película tan imaginaria como tangible: El fino arte de la sugestión.
21:32. Fin. Silencio. Reflexión.

4 comentarios:

santi dijo...

pense que esto iba a tener un progreso.

por lo visto soy poco visionario, en cambio yo sigo patente con blog, es para flog que lo mira por teveeeee

santi dijo...

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sos un paranoico

santi dijo...

LIBERTAD DE EXPRESION LOCOOOO

santi dijo...

no poder leer tus firmas es como que te da impunidad

igual listo chau